ANIVERSARIO DEL
NACIMIENTO DE MARÍA LAFORET DÍAZ (1921-2004)
CARMEN LAFORET DIAZ gana, con su novela Nada, el primer premio Nadal[1], establecido en 1944 por la revista barcelonesa y la editorial Destino, premio que le es entregado el 6 de Enero de 1945 en el Café Chino de las Ramblas de Barcelona, con presencia estricta de los miembros del jurado, Ignacio Agustí (director de la revista Destino y novelista – Mariona Rebull y El viudo Rius entre sus obras más conocidas), Joan Teixidor y José Vergés -fundadores de la Editorial Destino-, Juan Ramón Masoliver –traductor y corresponsal ligado a la Generación del 27-, Álvaro Ruibal –periodista de amplios intereses- y Rafael Vázquez Zamora. Todos ellos falangistas y “catalanes de Burgos”.
I. Contexto histórico - social
Cuando Carmen Laforet es galardonada con el Premio Nadal el 6 de Enero de 1945, solo los más ilusos son capaces de creer que Alemania puede dar la vuelta a su derrota en todos los frentes. En el Oeste, la batalla de las Ardenas ha terminado con la última y fantasiosa posibilidad de dar un golpe a los aliados, y las maltrechas tropas alemanas se atrincheran en la ribera oriental del Rin. En el Sur, en Italia, las tropas alemanas se van retirando ordenada, pero sin posibilidad de recuperar lo perdido, hacia las llanuras del Po, manteniendo a la vez una agraz lucha con los partisanos, cada vez más activos. En el frente Oriental, los rusos avistan Varsovia desde la ribera derecha del Vístula, la Prusia Oriental es su próximo objetivo y el vientre blando de Austria y Alemania, la llanura húngara, comienza a verse desbordada por los soldados soviéticos, ayudados por los todavía recientes aliados de los alemanes, búlgaros, rumanos y húngaros, mientras los partisanos yugoeslavos llegan a la frontera italiana. De las antiguas conquistas alemanas, solo Noruega, Dinamarca, una parte de Holanda y de Polonia y toda Checoeslovaquia, sobreviven con algunas plazas fuertes en Bretaña, Creta y Curlandia. La superficie entera del Reich es asolada con casi impunidad por los bombardeos diurnos de la aviación USA y los nocturnos de la RAF, empeñados en hacer de Alemania un lugar inhabitable: sus ciudades, sus centros industriales, sus vías de comunicación son un continuum de ruinas y agujeros de bombas pesadas, de trenes despanzurrados y de vehículos en las cunetas. La contestación alemana, cientos de cohetes V1 y V2 sobre Londres, Amberes o la ocupada Aquisgrán: apenas 7000 bajas –sobre todo civiles-, ante los cientos de miles de alemanes –sobre todo civiles, más de 500.000- en la totalidad del territorio del Reich y los territorios ocupados, con especial sufrimiento para la Italia controlada por los alemanes. Las armas milagrosas nunca fueron otra cosa que la alucinación colectiva de un pueblo que se negó en su mayor parte a ver la realidad.
Mientras se prepara el asalto final al maltrecho III Reich, la guerra fría ya se ha iniciado sin que se haya declarado ni siquiera verbalmente. El levantamiento de la guerrilla comunista griega (el ELAS) en Atenas y Salónica a finales de 1944, es rechazado con problemas por el gobierno conservador griego, gracias a la ayuda directa del ejército británico. El mismo Wiston Churchill acude a Atenas el día de Navidad de 1944 para dar su apoyo a las fuerzas conservadoras y monárquicas. También a finales de ese año se produce el reforzamiento de dos gobiernos prosoviéticos, el polaco de Lublín y el húngaro de Debrecen, anunciadores de que Stalin no está dispuesto a dejar el Este de Europa al juego democrático. Churchill lo vio claramente, pero Roosvelt creía necesitar a los soviéticos para derrotar a Japón después de haberlo hecho con Alemania, y no estaba dispuesto a disputar con J. Stalin cuando todavía Alemania había puesto en un brete a los ejércitos aliados en las Ardenas en las últimas semanas de 1944. Pero ese inicio de la guerra fría antes de que se acabara la caliente, explica la supervivencia del franquismo tras finalizar la guerra en Europa. Wiston Churchill lo había dejado meridianamente claro en un discurso ante los Comunes en la primavera de 1944, avalando con su neutralidad al régimen de Franco, lo que le valió la crítica en ambos lados del Atlántico, pero que se acabó convirtiendo en la doctrina oficial de las potencias que ganaron la guerra contra el fascismo.
Aquel 6 de Enero de 1945 murieron cientos, más posiblemente miles de prisioneros en Auschwitz, en Bergen-Belsen (tan cerca de la goethiana Weimar), en Ravensbruek, en Mauthausen, en Dachau, en los cientos de campos de trabajo y exterminio que formaban el universo concentracionario nazi. Auschwitz no sería evacuado por los alemanes hasta el 17 de Enero de 1945 y la matanza de judíos y de adversarios del régimen nazi, a través de las marchas de la muerte, se sucedieron hasta el día final de la guerra. Alrededor de esa fecha murieron en campos de concentración alemanes, Antonio de la Rosa, Rodríguez Martínez, Mariano Rocafull, Liberio Bailín Pérez, Antonio Montaña…. También ese día de Reyes de 1945, más de 4000 españoles, la mayor parte de ellos republicanos, purgaban pecados “antisoviéticos” en alguno de los campos del gulag.
Aquel 6 de Enero de 1945 en el que Carmen Laforet se convertía en la primera ganadora del Premio Nadal, se publicaba la revista “Destino” con una portada aparente neutra: el patriarca ortodoxo de Atenas sobre el fondo de la Plaza Sintagma (qué nombre tan gramatical, en griego clásico “agrupación ordenada-constitución”), en una ceremonia militar, celebrando -seguro- la derrota de los comunistas del ELAS en el levantamiento que dio la señal de salida para la cruel guerra civil griega. El repliegue del régimen franquista en su apoyo –casi- incondicional al Eje había comenzado a decaer ya antes de las primeras y clamorosas derrotas nazis, cuando Serrano Suñer, el cuñadísimo tan afín a un alianza con el Eje¸ es despedido en Octubre de 1942[2] –antes de Stalingrado- por su vinculación con la política pronazi, ya poco tolerable desde la entrada de Estados Unidos en la guerra en Diciembre de 1941, de quien dependen los suministros de combustible y de alimentos, y que tan bien sabrán utilizar como palo y zanahoria hasta el fin del conflicto. Tras Stalingrado y Túnez, las dos grandes derrotas de los ejércitos del Eje a principios de 1943, anunciadoras de una progresiva regresión que no se detendría hasta el final de la guerra, los pasos del régimen franquista serán más decididos. Aunque se mantenía una fidelidad soterrada al III Reich, el repliegue en la prensa y la propaganda es evidente modificando el tono claramente fascista previo a esas derrotas nazis (sin perder nunca la condescendencia), acentuadas en 1943 y 1944, con el desembarco de los aliados occidentales en África y la caída de Mussolini como claros puntos de inflexión. La retirada de la División Azul en Agosto de 1943, tras la dura derrota alemana en Kursk y la invasión de Italia por los aliados, y el paso de la “no beligerancia” a la “neutralidad”, son pasos que definen la política exterior franquista en esa segunda parte de la II Guerra Mundial en Europa. Franco se niega a reconocer la República de Saló, el estado títere de Mussolini, a quien tanto debe en su victoria; retirará la Legión Española del frente ruso, y negará el wolframio que necesitan los alemanes para su industria de guerra (aunque permitirá un manifiesto contrabando de ese material estratégico). A partir de ese momento, el empeño de la política exterior franquista se empeñará en lograr una paz entre los Aliados occidentales y el Eje, para dirigir sus esfuerzos bélicos contra la Rusia soviética, una propuesta que lógicamente caía una y otra vez en saco roto. Pero el papel de los ministros de Asuntos Exteriores, el general Gómez Jordana primero y Lequerica tras la muerte del primero, es un giro inequívoco en la forma en la que España se vincula a los bandos en guerra.
Ese 6 de Enero de 1945, el régimen, sin dejar de reprimir, ha hecho ya
una limpieza –física, laboral y moral- de sus adversarios políticos suficientemente
brutal como para colocarlos al borde la aniquilación, comienza un repliegue
defensivo que se acentúa tras la liberación de Francia por los aliados, la
fallida invasión en Octubre de 1944 del Valle de Arán por tropas de la Unión
Nacional (un entramado del Partido Comunista con no menos de 4000
“guerrilleros”) y el reforzamiento de las guerrillas (se utiliza el galicismo maquis para desprestigiarlas), que no
pusieron nunca en peligro la estabilidad del régimen, pero que se constituyeron
en un factor de preocupación para el poder, incrementada tras el aislamiento
internacional a que se ve sometido el régimen franquista durante los años 1945
a 1950 (en Febrero de 1945, Francia cierra su frontera). Un período en el que
se va enterrando la simbología fascista, para dar paso a un progresivo afán
nacional-militarista y el más visible nacional-católico,
no menos opresivo, pero más vendible ante los nuevos amos del mundo
occidentales, Estados Unidos sobre todo, que cuenta con importantes medios de
información católicos, que ya apoyaron de forma casi total a la España “nacional” durante la Guerra Civil (la
visita del Cardenal Spellman a Franco en Febrero de 1943, enviado por F.D. Roosevelt
es una prueba de esa connivencia). Recurriendo a Ortega, son años de una nueva
“tibetanización”, un recurso orteguiano que estructura durante su exilio
lisboeta, superponiendo la España del XVII a la del franquismo, vencedor de la
Guerra Civil, pero perdedor en su alianza con el Eje, obligado a una retirada
interior, de autarquía económica y cultural, apoyada en la doble columna
omnipresente del ejército vencedor y de una iglesia, que sigue dando patente de
Cruzada a la Guerra Civil y justificando la venganza posterior. Mientras, el
régimen se vende como el “chivo expiatorio” de sus enemigos
tradicionales, el comunismo y la masonería, renunciando como enemigo al
judaísmo internacional tan recurrente hasta el año 1942. Y el mismo Franco en
una interview con un influyente periodista
norteamericano, introduce en 1944 la palabra hasta entonces maldita
“democracia”, para añadirle el calificativo “orgánica”, tan desvirtuadora como
grotesca, para definir al régimen. Comienza la época en que su eminencia gris, L. Carrero Blanco no deja
de repetirle orden, unidad y aguantar.
El entorno social de aquel 6 de Enero de 1945 era el propio de una posguerra miserable en el entorno de una guerra mundial devastadora. Los años del hambre no habían terminado (tal vez los años 1945 y 1946 fueron los más duros), las cartillas de racionamiento suponían restricciones dietéticas cercanas al hambre pura y dura para amplias capas de población urbana y jornalera, castigadas por una pérdida de capacidad adquisitiva por la inflación y los bajos salarios (sufrieron una merma del 75% de su poder entre 1936 y 1945), sin capacidad para defenderse por la poda realizada durante y tras el final de la guerra civil de cualquier referente opositor. El rechazo de los vencedores de la moneda republicana, conllevó la miseria absoluta para los habitantes de la España derrotada. Las malas cosechas del quinquenio 1940-1945 fueron un lastre más para las clases menos pudientes (se perdió el 30% de la producción agrícola en años de difícil importación de alimentos, la pertinaz sequía) y el precio del pan, la principal fuente de calorías para las clases populares, subió de forma desesperante. El mercado negro – el estraperlo- incrementó más aún el sufrimiento de la mayoría que menos tenía e hizo de la corrupción una pandemia de inmoralidad. Las muertes por hambre no eran infrecuentes en aquellos tiempos, la desnutrición y el daño moral[3] de los vencidos, propiciaba la presencia de tifus, tuberculosis, enfermedades carenciales, parasitarias (el piojo verde y la sarna) e infecciosas de todo tipo, cuando apenas la droga milagrosa de la penicilina había comenzado a aparecer en el mercado negro en 1943. Hay que considerar que una parte significativa de la población española ya estaba sumamente débil tras las restricciones alimentarias de la España republicana (muy notoria a partir de 1938, las lentejas de Negrín) Llovía sobre mojado para la mayoría de los 25 millones de habitantes que tenía el país en aquel año. No menos de 40.000 presos políticos permanecían en las cárceles franquistas aquel 6 de Enero de 1945, en condiciones más que lamentables[4], y en el curso de aquel año anterior fueron fusiladas alrededor de 800 personas, cinco años después de terminada la Guerra Civil.
La pobreza de combustibles, los frecuentes apagones eléctricos, el frío inmisericorde de los hogares pobres (que eran la mayoría), daban un tono gris y entristecido a la vida de la mayor parte de la población, más notoria en las grandes urbes, una población aterrorizada, incapacitada para la rebeldía, “susurrante”[5], en contraste con latifundistas, conseguidores, estraperlistas, gentes del régimen, con su cuartel general en Chicote, que mostraban con plena impudicia su riqueza y su habitual falta de educación, aprovechándose de la miseria general, consiguiendo servicio por la comida y haciendo de la prostitución el lugar final de tantas jóvenes para calmar el hambre o lograr un mínimo de bienes de consumo, como muestra el mejor Cela en La Colmena. Los 104 lupanares de Barcelona y sus 1560 prostitutas registradas (la prostitución era legal dentro de los burdeles) eran la punta del iceberg de la obligada elección de tantas mujeres para luchar por su vida o por la de los suyos. El lema del momento para el régimen “ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan” habla a las claras de cuál era la realidad de la que no podía escapar ni la propaganda.
Dionisio Ridruejo, falangista, fascista de primera hora, que derivó gracias a su honradez hacia la socialdemocracia y la oposición al franquismo, dice
Los
años cuarenta fueron, para la base más amplia de la población, años de dolor,
hambre, vejación y miedo en un régimen de “salvoconductos” para viajar y de
“cartillas” para adquirir miserables raciones. Fueron también años de euforia
frívola, ofensiva, en la reducida clase, profundamente vulgarizada, de los
mandarines sin respeto y los ricos especuladores”
Mientras esto sucede en el interior de la muy desdichada España ese 6 de Enero de 1945, la oposición al régimen se mueve en el círculo monárquico de un reconvertido a la democracia Juan III, a quien ni siquiera el apoyo –verbal- de varios importantes generales franquistas, ha dado la más mínima posibilidad de lograr una restauración monárquica. La oposición se mueve sobre todo en Francia –donde permanecieron la mayor parte de los exiliados republicanos- con más fantasía que cabeza. La división creada ya durante la Guerra Civil entre los comunistas y la práctica totalidad de las fuerzas republicanas, se reproduce mientras se espera el final de la II Guerra Mundial, haciendo despreciables los esfuerzos de mostrar un frente unido a los aliados occidentales en quien se confía puedan sacar a Franco de su silla dictatorial. Ya se ha demostrado inútil esperar una movilización interior tras el fracaso de la invasión de Arán o la extensión de la guerrilla por diversos “frentes” rurales o incluso urbanos. La represión ha sido tan brutal, el agotamiento es tan intenso, que nada cabe esperar del “frente interior”, a pesar de la propaganda y de los rumores que corren los círculos republicanos, “legitimistas” del sur de Francia. La pelea entre los dos servicios de apoyo a los refugiados republicanos, el SERE negrinista y el JARE prietista, no eran una buena carta de representación de la legitimidad republicana. Los aparatos legales de la II República estuvieron en Méjico hasta bien entrado el año 1946, lo que demuestra una absoluta falta de sentido político ante el rechazo que suscitaba el régimen de Franco en Europa cuando se estaba a punto de apuntillar el nazismo. Y los avatares de los diferentes gobiernos republicanos en el exilio, fueron más propios de un vodevil que expresivos del dolor de la población española que tenía que seguir soportando al régimen franquista. De los nacionalistas vascos y catalanes solo cabe esperar en esos tiempos egoísmo y miseria moral, haciendo todavía más esperpéntica la situación para los republicanos, afianzando con sus divisiones y sus contiendas personales al franquismo.
La guerra fría tenía ya su definición gracias al telón de acero que bautizó W. Churchill el 5 de Marzo de 1946 en el Wetsminter College delante de H. Truman. Las esperanzas de una intervención de los aliados occidentales para un restablecimiento de un régimen democrático en España se esfumaron.
[1] Se llama así en homenaje al que fue redactor jefe de la revista “Destino”, Eugenio Nadal Gaya muerto a los 27 años de edad. La revista “DESTINO. Semanario de FET y de las JONS” (llamada así por aquel joseantoniano “España es una unidad de destino en lo universal”), fue creada por los catalanes de Burgos, que siguió su recorrido en Barcelona tras el final de la Guerra Civil, incorporándose Agustí, Masoliver y un poco más tardíamente Josep Pla, girando progresivamente de sus inicios falangistas a postulados liberales y aperturistas, lo que hizo que tuviera choques con el régimen franquista. Comprado por Pujol en la década de los 70, cerró en 1980 tras haber acogido a la práctica totalidad de las firmas de la cultura española de esas cuatro décadas.
[2] Franco aprovecha el llamado “incidente de Begoña” donde unos falangistas atacan una ceremonia religiosa carlista, para llevar a cabo una amplia remodelación gubernamental, cuya víctima fundamental es su cuñado, al que ya había dado pista de distanciamiento. La interpretación de la caída de Serrano Suñer debe hacerse más en clave interna (el famoso equilibrio de poderes que propició Franco) que por motivos internacionales, según algunos historiadores.
[3] Aumentaron los suicidios de forma considerable, posiblemente un 30% más que en la época anterior a la Guerra Civil
[4] A las superpobladas cárceles, había que añadir otros 18.000 presos comunes.
[5] Es el término que Orlando Figes utiliza para definir la actitud de la población soviética durante el estalinismo.
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