lunes, 27 de diciembre de 2021

 

EL TELAR MÁGICO DE LA MENTE. MI VIDA EN LA NEUROCIENCIA.

JOAQUÍN M. FUSTER

Prólogo de JOSÉ ANTONIO MARINA

ARIEL. Barcelona  Octubre 2020

Ejemplar disponible en la Biblioteca Pública de Huesca

Publicado en la Revista "Encuentros" Diciembre 2021 por MIGUEL ÁNGEL DE UÑA ,MATEOS 


 

Llego tarde este libro, pero creo que precisa una encendida recomendación. Es difícil aunar los calificativos riguroso y delicioso  criticando  un libro. Éste, los merece, desde el imprescindible prólogo de Marina, hasta su punto final, logrando que la dificultad del recorrido que se oferta desde la más puntera investigación cerebral, se vea aliviada por la narración de una vida nada excepcional, pero capaz de transmitir entusiasmo por la obra bien hecha,  por los muchos que participan en su construcción, demostrando una naturaleza personal sensible, educada (en el sentido “antiguo” del término) y generosa. El autor, hermano del cardiólogo Valentín Fuster, tan importante como él, pero mucho menos conocido (¡ay, el atavismo que rodea al corazón!), ha desarrollado su labor como neurocientífico en instituciones universitarias norteamericanas. A sus 90 años cree llegado el momento de la recapitulación biográfica, dando una lección de cómo se puede hablar de su papel en  los descubrimientos neurológicos del último siglo, sin darse la desmedida importancia habitual en estos narcisistas tiempos, aún mostrando su orgullo por el reconocimiento que ha tenido su obra, la falsa modestia no es uno de sus vicios.

Un recorrido desde la temprana curiosidad por la conducta humana que provocaban los pacientes de su padre, psiquiatra barcelonés con un pequeño hospital privado, donde vivía con la familia, a la atención suscitada por los dibujos de Cajal que veía en  la biblioteca paterna y a la inteligente asociación que hace de esas precoces curiosidades,  con las ideas de  Luis Vives, aprendidas con el rigor de un colegio de jesuitas en la posguerra. La “asociación” de distintas funciones de la mente, presente en el humanista valenciano, será el hilo conductor para Joaquín Fuster en su búsqueda científica de instrumentos que permitan explicar la complejidad de los procesos mentales. Y como Vives, dará a la atención y a la memoria, tan denostadas hoy, “un papel central para la funcionalidad mental: aprendizaje, retención de experiencias, imaginación, recuerdo, razonamiento, emoción, educación, arte y vida social”. Todo su trabajo científico, sus descubrimientos instrumentales para facilitar la investigación, le ha llevado a ser uno de los principales investigadores del papel integrador de la corteza prefrontal, con su sutil aparato activador-inhibidor, de los mecanismos íntimos de la memoria de trabajo, que él prefiere llamar “operante” con buen criterio, de los componentes de hacen de la atención el elemento, con la memoria, que permite una interacción con el medio ambiente, logrando el desarrollo  del mecanismo de percepción-acción, que es la plasmación teórica de sus investigaciones sobre el funcionamiento de la conducta.

Tuvo descaro para escribir a Horace Magoun (descubridor con Moruzzi de la función activadora de la Formación Reticular), consiguiendo una invitación para emprender carrera investigadora en California, codeándose con la pléyade de investigadores de todos los campos que han aportado conocimiento a la neurología, a la genética, a la inteligencia artificial en los últimos sesenta años: Magoun, James Olds, Arnold Scheibel, Otto Creutzfeldt, Sam Weimberg, Louis West, Walter Freemann, Francis Crick y los miembros del exclusivo y prestigioso Club Helmholtz….Su interés ha sido la neurociencia, pero en su camino ha sentido atracción por el psicoanálisis, dado que el inconsciente es una de las memorias, las alteraciones conductuales relacionadas con la psicodelia (Aldous Huxley se interesó por sus investigaciones), por la medicina psicosomática, reconociendo su deuda con Rof Carballo, nunca ha dejado de ejercer la clínica psiquiátrica  ni ha dejado de mostrar interés por la pedadogía….Una de sus páginas más amenas habla de cómo investiga la ausencia de cefaleas en el pájaro carpintero o del conocimiento de la faceta “psicológica” del nobel economista Frederich Hayek, con quien mantiene relación y cuyo “El orden sensorial” ha traducido al español. La posibilidad brindada por Horace Magoun para trabajar en la dinámica California, le libró de la fosilizada universidad española (no ha mejorado demasiado),  proporcionándole una experiencia de asociación –su palabra favorita- con mentes abiertas a la integración de conocimientos y de recursos en la consecución de objetivos, algo que solo las sociedades abiertas son capaces de facilitar. El crecimiento de Fuster como neurocientífico es paralelo al de los centros de actividad teóricos e instrumentales que han hecho de la costa oeste norteamericana el polo tecnológico más importante de nuestro tiempo. Y eso también lo sabe reflejar la cordial narración de Joaquín Fuster, sirviendo de enseñanza para quien quiera abandonar la estrechez endogámica que empobrece la investigación en nuestros lares. Un libro, lección de la última investigación neurológica, de la historia de la neurología en su conjunto y sobre todo,  una lección de vida.

lunes, 13 de diciembre de 2021

 

La maldad según Dostoievski

“Hay secretos que confesamos a unas pocas personas, otros que no confesamos a nadie y nos atormentan en la clandestinidad, y aquellos que, como la maldad, pueblan las profundidades más recónditas y escondidas del alma”, escribe el ruso en “Memorias del subsuelo”


Fiódor Dostoievski, según Vasily Perov (1872)
Fiódor Dostoievski, según Vasily Perov (1872)

¿Por qué nos hacemos daño los unos a los otros?

Para Dostoievski, la maldad era un secreto inconfesable. Decía en Memorias del subsuelo que hay secretos que confesamos a unas pocas personas, otros que no confesamos a nadie y nos atormentan en la clandestinidad, y aquellos que, como la maldad, pueblan las profundidades más recónditas y escondidas del alma.

La humillación y el orgullo

En gran medida, la maldad y el odio proceden de la ofensa y la humillación, de un orgullo herido. Al escribir sobre Dostoievski, el escritor André Gide apreciaba que “la humildad abre las puertas del paraíso; la humillación las del infierno”.

El orgullo implica el ansia de superioridad y es el núcleo moral del narcisismo, del que brotan la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno y el menosprecio. La herida en el orgullo desencadena frustraciones y resentimientos que roen la conciencia.

Sufrir vejaciones y ver arrebatada la dignidad pueden ser la antesala para el surgimiento de ignominias y ruindades. Una sociedad que humilla multiplica las maldades entre los humillados. El odio engendra odio y la miseria material puede conducir a la miseria moral, como leemos en Humillados y ofendidos.

En El diabloGiovanni Papini observaba que “quien está más alto también está más sujeto a la soberbia”. Y si Lucifer fue castigado por su orgullo, “sepultado y confinado en las ilimitadas oscuridades de la soledad y del odio”, ¿qué pensar del deseo ilimitado de estar cada vez más arriba?, ¿de fundamentar nuestras vidas en el éxito, la parásita ambición y la envidia, y temer el fracaso más que nada?

El desprecio

En Crimen y castigo, la altivez y el endiosamiento hacían que Raskolnikof no tuviese reparos a la hora de asesinar a una anciana por considerarla un obstáculo en su camino.

Para la maldad, los demás no son sino instrumentos que se oponen a sus fines, cosas que hay que sacrificar para alcanzar el éxito. Se les desprecia porque no se les reconoce como seres humanos, sino como objetos de los que servirnos. Y quien desprecia se siente superior, experimenta un placer voluptuoso al ejercer dominio.

La filósofa Hannah Arendt
La filósofa Hannah Arendt

Incluso la maldad y el desprecio absoluto de los demás pueden banalizarse y hacerse cotidianos. La maldad puede convertirse en una rutina a cumplir, como explicaba la filósofa Hannah Arendt a propósito del paroxismo del mal que fue el nazismo.

Y ese desprecio desmedido también era lo que, en el cuento “Vlas”, hacía que dos campesinos pugnaran por la hazaña de cometer la fechoría más vil. Lo que los impulsaba era “la necesidad de llegar al límite, de ansiar sensaciones fuertes que conduzcan al abismo”.

El aburrimiento y la libertad

Si no tuviésemos libertad para decidir cómo somos, no existiría la maldad, tampoco la virtud. En los personajes de Dostoievski se libra la cruenta lucha interior que nace de la capacidad de elegir nuestro destino.

Y en ocasiones se elige la infamia, aunque sea para salir de la rutina. Tal vez sea esa necesidad de romper con la monotonía lo que nos lleve a la lucha con los demás. Tal vez así se justifique esa tendencia nuestra al rechazo del reposo y la tranquilidad. Tal vez porque gran parte de las maldades nacen del aburrimiento, porque prefiramos la ocasión de hacer el mal a la de no hacer nada. Y tal vez por eso decía Blaise Pascal: “Todo el mal humano proviene de una sola causa, la incapacidad del hombre para quedarse quieto en una habitación”.

Elegimos lo abyecto seducidos por la fascinación de la transgresión, de lo que contraviene la norma y la ley. Leemos en Los hermanos Karamazov: “No hay nada más seductor para el hombre que el libre albedrío, pero también nada más doloroso”. En este sentido, los personajes de Dostoievski se emparentan con la filosofía existencialista de Jean Paul Sartre: “Estamos condenados a ser libres”.

Ilustración de "Dr. Jekyll y Mr. Hyde", la obra de Robert Louis Stevenson
Ilustración de "Dr. Jekyll y Mr. Hyde", la obra de Robert Louis Stevenson

Amor y odio

Los personajes de Dostoievski nunca son planos ni superficiales. Atisbamos en ellos la profunda y paradójica dualidad del ser humano, su compleja contradicción, porque confluyen en una sola persona dos caracteres opuestos e indisolubles: el bien y el mal.

Así es como, en Los demonios, el personaje de Stavroguin señala que siente igual satisfacción al desear hacer una buena acción que al desear el mal. Los extremos se tocan y la belleza acaba por fundirse con lo grotesco.

En Dostoievski, la virtud y la maldad son simultáneas. Así lo leíamos en Doctor Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson: en una sola persona hallamos la contradicción del cielo y el infierno, la luz y la sombra de los claroscuros de Rembrandt.

Se trata de la oposición entre una inclinación a la unión y el ansia de destrucción. Es lo que Sigmund Freud llamaba Eros y Thanatos: pulsión de vida y de muerte.

Antes que nada, Dostoievski buscaba la plenitud, la vida infinita. Por ello mismo le resultaba insoportable dejar de lado su dimensión perversa y envilecida. Habría sido algo así como despojarlo de una de sus partes fundamentales. Sus personajes se arrojan al precipicio moral, a la crueldad y al libertinaje de la maldad. Y así lo advertía el escritor Stefan Zweig: “Vivir correctamente significa para él vivir intensamente y vivirlo todo, lo bueno y lo malo a la vez, y en sus formas más intensas y embriagadoras”.

Franz Kafka
Franz Kafka

Dostoievski exploró esos abismos de la perversidad en toda su crudeza. Revelaba la verdad secreta de la maldad, ese lado que nadie quiere mirar cara a cara. Su lectura no resulta fácil ni cómoda, exige el compromiso afectivo del lector. Puede ser que lo que nos descubra no sea en efecto de nuestro agrado, que incluso nos repugne. Pero, como observaba Kafka, “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Y, sin duda, Dostoievski provoca una turbación interior en quienes se atrevan a leerlo.

Un sueño

Leemos en su novela El idiota que hemos nacido para hacernos sufrir los unos a los otros. No obstante, en El sueño de un hombre ridículo, quizá el más bello de sus cuentos, un hombre al borde del suicidio sueña un mundo de armonía desprovisto de inhumanas bajezas. Y aunque sea una ilusión utópica, un paraíso inalcanzable dada nuestra naturaleza, ese “hombre ridículo” al que no le importaba nada ni nadie acaba por decir: “No quiero ni puedo creer que el mal sea una condición normal en las personas”.

*El autor es profesor de Teoría de la Comunicación en la Universidad de Castilla-La Mancha

martes, 7 de diciembre de 2021

 DOCE CÉSARES. La representación del poder desde el mundo antiguo hasta la actualidad 

MARY BEARD

Edit. CRÍTICA 

Disponible en la Biblioteca Pública de Huesca. 


Un problema para un historiador es ponerse de moda. No para su cuenta corriente, pero sí para su ética. Porque se ve obligado a tirar del chicle hasta que dé de si. Ejemplos como De la Cierva, de Gibson o de Preston, para hablar -desdichadamente- de los dos bandos. A Mary Beard le sucede un poco lo mismo desde que "sus romanos" se han puesto de moda y han laureado su canosa cabeza con todo tipo de premios, entre ellos, la Princesa de Asturias. Y, en mi criterio, hace un esfuerzo por feminizar la Historia Antigua porque es difícil hoy en día no hacerlo, o simplemente porque se lo cree, que es lo que creo de ella. 

Esta última obra es sobre todo un prodigio de erudición, de capacidad de asociar temas, visiones objetivas, conocimientos varios como buena polímata que es, demostrando que viajar, ver museos, colecciones, palacios, siempre y cuando tengas la mente abierta y organizada, tiene el fruto maravilloso de ver a los antiguos como nuestros, de como es posible colocar a César en el comedor de nuestra casa, como si fuera un antepasado. Pero no nos equivoquemos, es una obra erudita, lo cual dificulta la lectura acostumbrada a una ligera divulgación tan frecuente en estos días, comenzando por políticos y comunicadores -que horrible término-, que pasan con dificultad de la contraportada del libro. Hay una parcela "feminista" que es fundamental porque no es frecuente encontrarla en otros textos canónicos sobre la etapa romana y su idealización renacentista. 

Preciosa edición de Crítica con un aparato gráfico perfecto. Internet nos abre la posibilidad de ampliar esas imágenes y disfrutarlas en casi todo su esplendor. La próxima visita a un museo arqueológico será diferente para el que lea este libro. 

EL HOMBRE DE LA BATA ROJA JULIAN BARNES  ANAGRAMA 2021  Ejemplar en la Biblioteca Pública de Huesca  A través de la vida de Samuel Pozzi, el...