"EL MAL o el drama de la libertad"
Rüdiger Safranski. Traducción de Raúl Gabás
Tusquets Editores. Barcelona 2020
MIGUEL ÁNGEL DE UÑA MATEOS
Publicado en la Revista "Encuentros"
R. Safranski es un filósofo alemán. El recorrido que hace
sobre la comprensión del mal en la filosofía occidental, no puede terminar sin
dedicar un par de capítulos a Hitler, culminación del mal con su proceso de
industrialización y burocratización de la destrucción del otro, gracias a la
capacidad que tiene el mal para cosificar al ser humano que no es como
nosotros. Los totalitarismos logran “exonerar
al individuo de reflexiones morales y
transformar el delito en un proceso de trabajo que, en definitiva, puede realizarse
como una costumbre”. Safranski, nacido en 1945, en su docto viaje deja un poso de culpa que es general
encontrar en la intelectualidad alemana, consciente de la importancia que tuvo
el sueño desviado de la Ilustración alemana, el idealismo que caracteriza el
potente pensamiento alemán del siglo XIX donde germinó el
nihilismo que alimentó el huevo de la serpiente. Construye un libro a base de frases que pueden
entenderse con la potencia de aforismos, prueba de una erudición trabajada en
la búsqueda de la verdad en la variedad de disciplinas que determinan hoy la
palabra filosofía. Mantiene la exigencia
de analizar un tema como es el mal y su papel en la conformación social a
través de los tiempos, hasta llegar a estos tiempos de globalización donde el
mal sigue presente y solo queda tener la esperanza de erradicarlo en un trabajo
que semeja el telar de Penélope. Su
última frase es paradigmática de esa confianza: “Sin borrar de nuestra memoria las huellas del mal – está en nuestras
manos actuar como si un Dios o nuestra propia naturaleza tuviera buenas
intenciones para con nosotros”
Ya en el primer párrafo del Prólogo se determina el hilo conductor de la idea de Safranski sobre el mal: “No hace falta recurrir al diablo para entender el mal. El mal pertenece al drama de la libertad humana. Es el precio de la libertad”. La libertad – nacida gracias a la expulsión del Paraíso- es el motor de la conciencia psíquica que hace que el deseo, el anhelo, la posibilidad de cambio condicionen nuestra conducta, en una tarea decididamente narcisista. Pero la conciencia, el conocimiento, ya decía Salomón que “quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor”. Otro incitador del mal es la competencia entre los hombres, la concreción (tal vez determinada en parte por la biología) de la diferenciación cuyo mito originario es el drama de Caín y Abel. Hobbes, rememorando el thymos platónico, dice que el hombre “solo disfruta a fondo lo que le hace resaltar frente a los demás”. El proceso de socialización ha logrado que la ley haga que la competencia no necesite del asesinato para garantizar la desigualdad. La temporalidad que nos da la conciencia, la posibilidad de prever – y temer- el futuro, conlleva la necesidad de la acumulación, reforzando los mecanismos de competencia entre sujetos y sociedades, haciendo del poder una necesidad. Pero la ley no es suficiente para garantizar la paz, porque la libertad, el narcisismo, la competencia, nos da la posibilidad de transgredirla, en una satisfacción que es una constante reflejada en Las Confesiones de Agustín de Hipona: “quería el mal, porque era el mal”. El hombre no es malo por naturaleza, es libre y en base a esa autonomía, decide su conducta, su capacidad de transgresión en función del gozo que le produce la cosificación del otro que supone la base del mal. Sade fue uno de los apóstoles de ese gozo (“atenerse solo a la naturaleza”) y los románticos hicieron del mal una tentación estética que “despojará lo cotidiano del gozo de lo usual”, capítulos que nos llevarán hasta la experiencia del vacío, del absurdo que tan cara han sido al pensamiento existencialista en el siglo XX, que arranca con el pesimismo abismal que se estructura en El final de una ilusión, el canto de cisne de un Freud crepuscular, donde el instinto de muerte le lleva considerar que el hombre es una especie de curso erróneo en la evolución. El cientifismo, el biologismo y el evolucionismo mal entendido, el fin de la secralización, dieron lugar a las ideologías totalitarias vinieron a reforzar el thymos platónico y hacer que al final solo quedara la reflexión del Kurtz de El corazón de las tinieblas: “el horror, el horror”.
Es una obra difícil, de lenta degustación, de búsqueda intensa de referencias a la vez que se subraya con fruición. Pero la erudición cuando es consistente es un placer inigualable.
